El lápiz y la ilusión

“Para que un lápiz escriba hay que sacarle punta y entonces una simple mina de carbón puede dibujar el mundo entero”.

¿Cuántos universos puede contener, describir, dibujar, un lapicero?

Fueron mis primeros reyes, qué yo recuerde, una caja de colores Alpino. Tenía cuatro años, mis ojos estaban tan abiertos por el asombro como mi boca. La magia estaba allí, en la mina de color y en los trazos que surgían de la misma. Era muy feliz, los lápices eran varitas mágicas de las que podía surgir cualquier cosa. Yo no sabía que era mi manita la que obraba el milagro, aún todavía no lo tengo claro y dudo sobre si tienen vida propia.

LA ILUSIÓN DE LA NIÑEZ

La niñez, la patria común de la que venimos, el paraíso de seres bellos y magníficos donde lo imposible es una posibilidad más. Las formas del mundo que nos rodean aún no están definidas, no hay reglas todavía, por eso podemos asumirlas todas, somos Tom Sawyer o Tarzán o King Kong o Mafalda, el caballo Furia, la avioneta del Barón Rojo,  todos los personajes del pirata cojo con pata de palo de Sabina. No somos conscientes del sexo que tenemos ni de lo que somos realmente, me llaman por un nombre, pero yo sé que es otro personaje más, ellos dejaron de entenderlo. Somos grandes en nuestra inocencia, poderosos y libres.

 ¿En qué momento decidimos emprender viaje y alejarnos en busca de nuevos horizontes, nuevas cimas? No lo sé.

La nostalgia que nos conmueve y envuelve como una burbuja de cristal, es en cierta manera felicidad  de poderse sentir triste pero sin pena, agridulce,  no tiene nacionalidad, es una cierta añoranza de lo que perdimos, a nosotros mismos. Las cimas que queríamos alcanzar pronto nos dimos cuenta de que eran una trampa y que en realidad eran los barrotes de nuestro encierro, el cercado de nuestra mente, los límites inmateriales de nuestra infinitud. Y desandamos el camino buscando el rastro de las migas duras desprendidas de  los recuerdos, las huellas en la nieve de aquellas botas pequeñas. Y sí, no es dar falsas esperanzas, a menudo se encuentra el sendero de vuelta, nos convertimos en él, algunos lo llaman ilusión. Estamos en casa de nuevo.