Sin forma

Aún no teniendo forma me reconozco como mí mismo, no necesito mirarme en el espejo, me devolvería la ausencia de lo invisible pero no la evidencia de mi presencia. Con los ojos cerrados es como no tener sentido de la vista, el mundo desaparece, se apagan las imágenes pero yo sigo aquí, simplemente soy, existo en este instante, es la única realidad auto-evidente y experimentable por sí misma. No necesito de nadie que lo confirme, así como nadie puede sustituirme, soy mi propia certeza.

Cuando entras en una estancia vacía, habitualmente se suele pensar “no hay nadie”, pero para poder afirmar eso, para tener esa certeza yo debo estar presente en el lugar para constatarlo. Cuando yo digo “no hay nadie”, quizá pase por alto un hecho importantísimo, el olvido de mí mismo,  soy existencia y conciencia de manera simultánea, indivisible, previa a la aparición de la forma.

Si la estancia no está, no se puede hablar de vacía o llena.

Si el veedor no está, no se puede verificar vacía o llena.

Si el acto de ver no está. No hay veedor, ni estancia, ni vacía, ni llena.

Es lo mismo que ocurre cuando un transportista trae un paquete, el receptor del envío debe estar previamente allí para recogerlo. Mientras no llega,  la forma está ausente, no manifestada, no hay objeto,  al no haber objeto eso implica que el receptor también es no-real. La realidad se manifiesta de manera simultánea, deviene una, cuando paquete y destinatario se juntan,  y confiere vida a todo.

Nos entregan nuestro nacimiento, un paquete que contiene una forma, un cuerpo con unas características…para poderlo recibir, ya estábamos antes, “esperando”,  aunque no éramos conscientes de ello. Es  la  aparición del cuerpo lo que permite la manifestación de la conciencia y de la existencia, y por consiguiente del mundo, el lugar donde lo inmanifestado toma forma. Le damos al interruptor de la luz, la bombilla (el cuerpo) se enciende, e ilumina la estancia(el mundo), al ser atravesada por la corriente(conciencia-existencia). Todo surge de forma simultánea. Cuando la bombilla se consume vuelve la oscuridad, no hay nadie, pero ello no afecta a la corriente, sigue estando, ahora no manifestada.

No necesitamos tener ojos para tener conciencia de nosotros mismos, si los cerramos unos instantes aparece una negritud vibrante, una especie de atmósfera acogedora. Si buscamos  el camino por donde yo salgo de mí y penetro en esa oscuridad no lo encontramos por mucho que busquemos. Es una imposibilidad,  porque no hemos salido en ningún momento de nosotros  mismos. Estamos aquí, quietos, inmóviles, el eje del mundo, somos menos que un punto y al mismo tiempo la infinitud ilimitada. Si tratamos de sentir donde empezamos como individuos separados, un lugar de partida, un punto de apoyo….no encontramos nada, no nos podemos definir ni localizar, somos presencia, el espacio infinito interior, flexible, extensible, sin horizontes, sin salida, sin meta, sin centro, sin extremos ¿Dónde empieza nuestro ser? ¿Desde qué punto o lugar nos sentimos ser? ¿Cuántos somos en ese lugar? ¿Muchos o pocos? Dime. Solo tú eres, no hay nadie más.

 Ocurre igual  en el sueño onírico, mientras el cuerpo reposa, con los ojos cerrados, vemos lugares, paisajes, personas conocidas, personas que nos dejaron, seres irreales, animales exóticos, volamos, nadamos en océanos tumultuosos…Se realizan muchas acciones con los sentidos desconectados, pero no hay quien las realice, no hay un hacedor, solo un acontecer. ¿Para quién esa función de cine sueño?  Para ti, sesión privada, película de estreno, emana de ti, se abre el mundo ante tus ojos y te ves allí realizando acciones y proezas increíbles. Luego la sesión acaba, se cierra el telón…y aparentemente despiertas en lo que llamas el mundo real, la vigilia….queda una reminiscencia del sueño, recuerdos deshilachándose como humo, hechos de finas telarañas…

«…qué sueño tan bonito, cómo me gustaría continuarlo cuando llegue la noche, era muy  rico, tenía una mujer preciosa, unos hijos adorables, no los que tengo en la realidad, y hacíamos un crucero por el Nilo, contemplando el atardecer sobre las aguas con una bebida fresca en la mano….esta noche trataré de continuar el mismo sueño».

Llega la noche esperada, después de una jornada agotadora y llena de conflictos, se abandona el cuerpo en el lecho y sí…Te regocijas, porque curiosamente el sueño prosigue en un barco…

pero no en el mismo, está en algún lugar del norte, el mar agitado transporta grandes moles de hielo que rozan el casco…no te gusta el lugar, abandonas la cubierta y buscas a los demás pasajeros, pero duermen. Una vía de agua se ha abierto en algún lugar y pronto el líquido te llega hasta las rodillas y sigue subiendo, gritas llamando a los viajeros, a la tripulación, para que despierten y se pongan a salvo, pero no obtienes respuesta. Sientes elevarse el suelo, el barco cabalga una ola gigante, tu cuerpo va de un lado para otro sin control, notas un  golpe en un hombro, gritas de dolor y de miedo…

estás sudando y despierto…te has caído de la cama, estabas soñando. Respiras aliviado, no te preocupan los pasajeros en el barco a la deriva, su supervivencia, sabes que ha sido un sueño, no era real…lo sabes justo ahora que estás despierto. No lo planificaste, ni decidiste que las cosas fueran como sucedieron, acontecieron simplemente, para ti, en ti, nadie en el sueño era real ¿y tú, lo eras? ¿ lo eres más, ahora?

 Me contemplo y sin embargo no tengo ojos, ni nombre, ni dimensiones, ni limites, ni lugar donde ir, ni de donde venir…siempre estoy aquí, soy el aliento,  más sutil que el aire que atraviesa los pulmones de lo que se llama “mi cuerpo”, y los cuerpos de cientos, de miles, en todos penetro con un breve suspiro y me voy con un susurro, soy infinitesimal, más pequeño que un átomo, también me llaman big bang, o eternidad o infinito…todas ellas palabras grandilocuentes para nombrar un espejismo. 

El calvero de los últimos antiguos

Un gran calvero esférico, con el suelo oscuro como la sangre seca, señala el emplazamiento donde una vez hubo un poblado, algunos líquenes amarillentos son la única forma de vida que intenta medrar en aquella tierra. El círculo yermo lo cruza un pequeño sendero polvoriento utilizado como ruta de paso por los animales salvajes, distingue las huellas de jabalíes, conejos y zorros, le llama la atención la ausencia de pisadas fuera del sendero, la tierra granate no la pisa ningún ser vivo. Dandelion sigue la misma ruta y camina siguiendo las huellas que desembocan al pie del bosque. Dos troncos verticales, semiocultos por las enredaderas, del grosor de un  cuerpo adulto señalan la entrada, la madera es oscura y rezuma agua continuamente formando charcos en la base. Unos filamentos oscuros, asemejan a un tipo de musgo, pueblan la corteza mojada, tira de un hilo y se desprende, lo ha visto otras veces, es un pelo con su raíz. Descubre horrorizado que la corteza del árbol es  piel muerta.

Se oyen gruñidos provenientes de la profundidad del bosque, rumor de crujidos de ramas doblándose. Hojas sacudiéndose con furia.

—¡Quéreis callaros! —grita una voz infantil.

De la espesura salen dos brazos que apartan la densa vegetación, como si nadasen a través de ella. Le sigue una cara pecosa y pelirroja con ojos verdes como la hoja del abedul. Lleva el pelo recogido en una cola y atado atrás con una fina tira de cuero.

—¿Qué miras? ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —le pregunta, mirándolo con desconfianza y curiosidad.

—¿Eres una niña o un demonio? Así con la cara sucia y negra no te distingo bien. Es la primera vez que me encuentro a  una sola por el bosque. Es peligroso.

—¡Qué voy a ser! Y con un gesto espontáneo y rápido se sube y baja el borde de la faldita de cuero y le muestra lo que hay debajo— ¿Lo has visto bien?….porque no te lo voy a volver a enseñar. Contesta mis preguntas, ahora ¿Quién eres?

—Me llamo Dandelion…—comienza su explicación, ruborizado.

—Más bien deberías llamarte Pissenlit * —le contesta y se ríe a carcajadas.

El joven baja la cabeza, serio, ignora las risas y continúa su historia. Le cuenta lo ocurrido a su madre, lo que pasa en Abisal y la cercanía de los leñadores.

La niña escucha con el semblante serio y le responde:

—Siento lo de tu madre. No debería haberme reído de ti. Yo soy Menta, por el color de mis ojos. Sí, teníamos noticias de que se acercaban los leñadores y vendrán muchos más. Ha comenzado una gran guerra y se necesita madera para alimentar las forjas, y los ejércitos, construir máquinas de asedio y  embarcaciones. La Santapía se ha comprometido en suministrar toda la necesaria a los ejércitos del  Rey y no pararán hasta haber talado y  devastado toda la región. Deberemos actuar.

—¿Quién? No veo a nadie más. ¿Están dentro del bosque los demás?

—¿Quién va a ser? Nosotros dos y el bosque. No hay nadie más. Enséñame los huesos que recogiste de tu madre.

Menta los examina, huele y finalmente chupa el extremo de uno.

—Sí, era una de los nuestros, la he reconocido, no sabía que hubiese tenido un hijo. Ven, buscaremos un lugar donde sembrarlos.

—¿Sembrarlos? querrás decir enterrarlos.

—No, no, sembrarlos, has oído bien. Sígueme.

Menta se acerca a los pilares, pasa por una apertura en el muro vegetal entre ramas resecas y puntiagudas como lanzas y arbustos espinosos con espinas semejantes a garras. Penetran en un túnel arbóreo que la luz nunca ha visitado. El suelo está lleno de hojas muertas, mojadas, pútridas, entre las cuales pululan insectos de pesadilla y arañas monstruosas, restos de caparazones, crisálidas vacías, tierra negra, resbaladiza y maloliente. Cientos de telarañas penden de los árboles como nubes caídas, cortinajes rotos y pegajosos con restos de mariposas, pájaros y murciélagos convertidos en siniestros trofeos. Se oye un riachuelo correr, se desvían e introducen en el agua limpia y fresca, siguen su curso chapoteando aliviados,  y un punto de luz se percibe entre las altas copas, y luego  otro y otro, y los claros son cada vez más amplios y dejan pasar más luminosidad, los rayos oblicuos del sol convertidos en lanzas candentes, ígneas, atraviesan las copas y se posan en ellas creando la sensación de una cobertura de polvo de oro. El cielo se deja ver y bajo el mismo aparece un claro verde, inmenso, cubierto de diminutos nomeolvides con sus pequeños pétalos azules y el ojo amarillo en el centro, creando un tapiz, una galaxia de estrellas azules y soles  amarillos, que se extiende hasta donde alcanza la vista.

Pequeños círculos de piedra sin apenas altura y de una zancada de diámetro,  y menhires de no  más de un metro de alto parecen crecer entre las florecillas, como extrañas plantas petrificadas. Hay centenares, miles. Avanzando entre las piedras Menta se detiene en un lugar que le parece adecuado y con una azadilla comienza a cavar sin profundizar mucho.

—Aquí, Dandelion, trae los huesos.

El joven le acerca los dos huesecillos. Menta los coloca con delicadeza en el suelo y los cubre con tierra, al lado coloca la piedra que faltaba para completar aquel círculo. Y le explica:

—Los huesos nunca mueren, al igual que las estrellas, los minerales que los componen continúan actuando como mensajeros del espíritu que partió, en contacto con el clan. Pero, hay otro proceso, la parte orgánica del hueso se convierte en vegetal, nutrirá a los hombres después de haberlos amado a través de la fertilidad en las cosechas. Carne y hueso se convierten en madera al morir. Los troncos de los árboles traen las voces de los huesos que viven entre las rocas de la tierra, las ramas y las hojas transforman  las voces en flores y semillas que transporta el viento, las aves y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor, o disfrutas de la sutileza del perfume de sus pétalos,  alguien te está diciendo «te quiero».

—Entonces, Menta ¿Cada piedra señala el lugar donde hay enterrados huesos? ¿Cómo sabes esas cosas? Eres más pequeña que yo.

—Sí, cada piedra indica el lugar del mensajero, el lugar donde se pasa de una forma de vida a otra. Y no te equivoques conmigo, cómo pudiste ver —y se señala con el dedo la entrepierna—ya hace tiempo que tengo pelo ahí. Soy más bajita que tú, pero mucho más vieja, quizás la persona más vieja que conozcas. Bueno, tampoco soy una persona, ¡qué lío! hace tanto tiempo que no hablo con nadie que me estoy olvidando de usar las palabras. Soy una especie de espíritu del bosque, eso que llamáis «duende», para que me entiendas.

—Los duendes solo existen en los cuentos para niños pequeños.

—Gran error, así hablan los adultos que han perdido el contacto con la tierra y los árboles. Hay muchas formas de existencia, más de las que la gente sospecha, no solo en la vida vegetal y animal, sino en muchas otras formas no manifestadas, que son solo mente y energía. Son el origen de las leyendas, espíritus del bosque e incluso monstruos que algunas personas sensibles ven, aunque no crean en lo que ven. Excepto los niños.

El bosque de los sueños – Susan Mielke

Notas: *Juego de palabras con otra denominación popular francesa que recibe el diente de león, «pissenlit» “mea camas”. Se utiliza como amenaza para que los niños no arranquen las flores y se manchen con el látex de los tallos.

(Fragmento de Dandelion)

Las tres ilustraciones utilizadas en esta entrada: Susan Mielke, para Pixabay.

La sabiduría del abejorro

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Según las leyes de la física y de la aerodinámica el abejorro no puede volar, pero él no lo sabe.

Díme en lo que crees y estarás describiendo la jaula donde tu mismo te encierras, dijo un sabio.

Y Goethe: «Toda teoría es gris, verde el dorado árbol de la vida».

Deja la vida libre.

Entre los duendes y los trolls

John Bauer (Jönköping​ 4 de junio de 1882​ – lago Vättern, 20 de noviembre de 1918) fue un ilustrador sueco conocido por la serie de ilustraciones Bland Tomtar och Troll (Entre los duendes y los trolls), un libro de cuentos. (Fuente: Wikipedia)

Hace ya unos años que conozco la obra de John Bauer, exquisita y delicada como copas de fino cristal. Sus personajes son frágiles y melancólicos, etéreos como sus princesas de largos cabellos o entrañables, recios y achuchables como sus trolls de grandes narices. La infancia siempre presente, sus protagonistas apenas han dejado la niñez, quizás porque es en esa etapa de la vida, John sabía del poder de manifestación y creación de la mente infantil, la ilusión, la magia se puede manifestar y convertirse en realidad. Mejor dicho, la realidad es pura magia y asombro.

Una tarde de verano fueron con Bianca Maria a lo profundo del bosque

No obstante, sus bellas creaciones, y quizás debido al uso austero del policromátismo y colores vivos, transmiten un estado anímico de tristeza. Los duendes, trolls, hadas y princesas de los cuentos clásicos a menudo rebosan colorido, alegría y… «fueron felices». Con John Bauer, queda la incertidumbre…En algunas ocasiones he llegado a pensar que una persona así, con esa sensibilidad artística, seguramente podía extenderla a otras facetas de su vida. ¿Premonición? Su vida, el fin de la misma, no tuvo un final feliz. Murió a los 35 años, ahogado en un naufragio, junto a su mujer y su hijo de dos años.

Trolls de raíz

Y entonces ves que eran ellos, sus personajes, los más apenados, los conocedores del destino de su creador. ¿De dónde surgen los personajes, sino del mismo lugar donde habita el destino? Sí, tan cerca….de un cuento. El libro de tu vida, ya escrito y con las tapas cerradas, todo está en él, pero cada día solo te permite leer una página. Disfruta el presente.

La princesa Tuvstarr contemplando las aguas oscuras del lago del bosque

Nomeolvides

Este es un fragmento de un cuento que en breve espero concluir. Dedicado a todas y a todos los que aman las flores y sus secretos.

Nomeolvides – Foto de Skyler Ewing: https://www.pexels.com/

«… los huesos nunca mueren, al igual que las estrellas, los minerales que los componen continúan actuando como mensajeros del espíritu que partió, en contacto con el clan. Pero, hay otro proceso, la parte orgánica del hueso se convierte en vegetal, nutrirá a los hombres después de haberlos amado a través de la fertilidad en las cosechas. Carne y hueso se convierten en madera al morir. Los troncos de los árboles traen las voces de los huesos que viven entre las rocas de la tierra, las ramas y las hojas transforman  las voces en flores y semillas que transporta el viento, las aves y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor, o disfrutas de la sutileza del perfume de sus pétalos,  alguien te está diciendo «te quiero».

Fragmento de Dandelion. (Próximamente)

Héroes anónimos: todos nosotros

Hace unos años ocurrió un hecho criminal en un país hermano, una injusticia que costó una vida inocente en trágicas circunstancias. De aquellos días es este escrito, no es mío, lo conservo desde hace mucho tiempo porque, aparte de conocer a los protagonistas, refleja no solo un estado de ánimo de desamparo y soledad ante las desgracias, sino que también habla de resiliencia, fuerza y coraje, de ese héroe que todos somos cuando las circunstancias lo requieren. Este pequeño montaje es un canto a la vida, al optimismo, a las infinitas maravillas y posibilidades que portamos dentro, a veces quizás no manifestadas aún, pero ahí están esperando por nacer y manifestarse llegado el momento…héroes anónimos sin iniciales en la ropa, pero con rayos X en el corazón.

Tierra de ángeles

Trajano, el emperador romano, nació en Itálica en la provincia de la Bética, la capital en aquel entonces era la ciudad de Córdoba.  Córdoba es famosa, entre  otras cosas, por la mítica belleza de sus mujeres, cantada por poetas y escritores, y cuya figura y sobre todo ojos misteriosos y profundos han atraído la atención de grandes pintores.

Trajano paseaba por los alrededores de un poblado, a orillas del río Genil, y quedó asombrado por la hermosura de lo que allí encontró, y ello lo recoge la estrofa del romancero que dice: 

«Ángeles son no mujeres.

Dicen que Trajano dijo

y desde entonces Angellas

el pueblo a llamarse vino»

El pueblo bajo la ocupación musulmana cambió de nombre, pero ello no modificó los atributos de aquellas mujeres, de aquella tierra. Siglos después nací yo, obviamente no cumplo con los requisitos físicos de un querubín, por  lo visto según estudios antropológicos, la calidad angélica de la belleza no se transmite a varones, somos portadores simplemente. Pero mi madre sí era un ángel…rubia, de piel blanca y delicada, de ojos celestes y profundos, cara de eterna niña pero con el temple de un arcángel guerrero. Su vida no fue fácil, como la de todos los ángeles, ya sabéis que ofrecen un atractivo irresistible para atraer adversidades, o quizás solo sean el ejemplo que demuestra lo opuesto, que  las dificultades de la vida son cadenas, lastres, que nos impiden alzar el vuelo, pero en el fondo solo están ahí para probar la fuerza de las alas y el poder de elevarse sobre los océanos del sufrimiento.

Y es ahí donde se reconoce a un ángel, las alas son apéndices que surgen de la parte superior de la espalda, pero su nacimiento, sus inervaciones más profundas enraízan y se nutren del fluido púrpura del corazón. Un ser angélico, todo corazón, bondad y generosidad corre cierto riesgo, todo ejercicio físico incrementa la musculatura, un corazón que trabaja demasiado deviene grande. «Tiene un gran corazón» decían de ella…y así era,, o así fue…lo usó tanto, amó tanto, que le acabó estallando.

En el hospital no estaban preparados para reparar alas y con las plumas rotas emprendió un último vuelo. Yo lo supe más tarde, no tenían repuestos para corazones de oro.

Aishiteru

From pexels by eva elijas-6372804

Caía la nieve, Aiko, recuerdo tus palabras:

«Dime que me amas, una vez más, antes de irme».

Dibujé corazones en la nieve con tu nombre dentro,

en el jardín, en todos los campos y caminos de Nagano.

 En la primavera,  el rumor de los arroyos susurraba: «Aishiteru»

Las flores en el jardín y en los campos decían: «Aishiteru»

Mis ojos también gritaban: «Te amo»

Te fuiste con una sonrisa.

Q.M.

El recipiente (Reflexiones)

A Eusebio Simplón, «respirar» no era exactamente lo que le disgustaba. Vamos a analizar la cuestión:

 A Eusebio, lo que le molestaba sobremanera, incluso llegaba a odiar, era expulsar el aire, la espiración. Se negaba con vehemencia, no quería,  aunque se le inflasen los mofletes con riesgo  de estallar, se le enrojeciera la cara hasta parecer un tomate y los ojos amenazaran con salirse de las órbitas.  En cambio, tomar aire, la inspiración le encantaba, le hacía sentirse feliz.

Inevitable elección que la mente no determina y el cuerpo decide, vivir es la opción. Para saber lo que es peor o mejor, para conocer lo que nos conviene no tenemos tino, afortunadamente el devenir ya está escrito y enrollado en un pergamino.

 «¡Qué mala suerte! ¿Por qué tenía que pasarme esto? No me lo merezco. La vida me trata injustamente. Tengo la esperanza de que las cosas cambien  —y supuestamente vayan a mejor—…».

La esperanza son fuegos de artificio en una noche sin luna. Es un pensamiento,  una forma encubierta de no aceptar nuestra realidad, la única que tenemos siempre delante.  Las heridas y  las satisfacciones que nos ha dejado la vida son justamente las que hemos necesitado para vivir y llegar a ser lo que somos.  Solo podemos ser la manifestación de nosotros mismos, hablar desde nuestra propia experiencia. No nos sirve copiar o repetir lo que dijeron otros,  no nos alimenta lo que digieren otras gentes sino lo que masticamos nosotros. Somos inimitables  y insustituibles, una expresión única. Nuestra vida es nuestro destino, es una misma cosa, las páginas escritas de un libro cerrado que cada uno lee a su ritmo.

Aparentemente todos los días son iguales, con un poco de observación te das cuenta de que, en realidad cada día es único,  un pequeño prodigio de la vida, una grandiosa creación. La mayoría de la gente asocia lo que llaman el Big Bang, con un acontecimiento espectacular, ocurrido hace millones de años, en el que intervinieron los grandes protagonistas del cosmos: galaxias, nebulosas, planetas, estrellas, gases, espacio…y no nos damos cuenta de que el big bang no es un acontecimiento que ocurrió una vez, sino que es un proceso continuo, nunca interrumpido, creación y destrucción, el día y la  noche, la vigilia y  el sueño, inspiro, espiro…el látido del mundo es  big bang y resuena en todo lo que vemos y experimentamos, ya que somos el contenedor (y el contenido), el espacio, donde todo tiene lugar.

 El mosquito que vive dos días también experimenta el big bang; de igual manera, cada una de nuestras células se manifiesta, expande, crece, se contrae y desaparece. La manzana ya está en el manzano aún antes de que salga la flor, esta sea polinizada y aparezca el fruto. En la semilla del interior de la manzana, millones de células y procesos están dando forma a nuevos universos, a nuevos árboles que al igual que un fractal generaran nuevas cosechas de manzanas, y estas de semillas, y así infinitamente. Esperan para nacer, manifestarse y ser, pero de alguna manera ya están ahí, desde hace muchísimo tiempo, nunca han dejado de estar. Algunos lo llaman Eternidad.

Retomemos el concepto: la esperanza. ¿Para qué queremos la esperanza? ¿Para qué queremos elegir lo que consideramos que nos merecemos? No somos tan listos, aunque sí algo arrogantes ¿sabemos lo que nos conviene? La vida que tenemos es un poco lo opuesto a la esperanza, ya que es real. Nuestra existencia es conciencia de cada instante. No hay más.   ¿Por qué vamos a elegir o discriminar entre esto y aquello? No hay necesidad de elegir una parte. Todo cuanto acontece, todo cuanto sentimos y pensamos, todos los objetos, todas las personas, todo,  absolutamente Todo, ten la certeza, es el  inmenso regalo que hemos recibido/somos.

No tenemos necesidad de ir al océano con un cubo para coger agua y refrescarnos. El mar no es tacaño, es total ofrecimiento,  depende de cada individuo   la cantidad de líquido que podemos  tomar.

 Al principio solemos pensar que, a más cantidad de agua tomemos mejor, más conocimiento,  pero no es así…a más cantidad de agua tomamos más crece el ego. El ego es el recipiente insaciable, la infelicidad. No necesitamos ningún recipiente, ni acumular información, únicamente desprendernos de la ropa y sumergirnos dentro del mar. En ese momento, sin pretenderlo, todo conocimiento se desvanece  y el agua deviene certeza.